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Tu poema me salvó
de la isla del naufragio,
del silencio y del olvido.
Por un momento, oscuro,
tembló el cielo y
el silbido del viento azotó
las crestas blancas, hirientes,
como lunas locas de amar.
Y es que te quería,
¡ te quiero tanto !
Por un momento, regresó
la calma, fugaz navío,
a mi puerto eterno...
Tu regalo me salvó.