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Un velero surca el mar.
Va ligero, parece
que va a volar.
Dos gaviotas le persiguen
y no deja de flotar.
Al amanecer, despertará
frente a horizontes nuevos,
anchos y claros, de libertad.

Y mis lágrimas...
trenzas al aire
de un sauce, que
juguetean al paso
del tren... Porque
el verano ya partió.

Le dijo el río de piedra
a la noche de agua:
Quiero cantarle a la alborada !
...Una nana durmió al búho.
Y sin que nadie lo oyera
se desperezó el rocío.
Está bien, le contestó seria,
pero obedece a la estrella de plata
que parpadea silencios.
Y así transcurrió el pacto
entre la noche y el alba.
Fue en un día de verano
y tampoco nadie supo cómo...


Agua plateada,
-casi lastimaba el mirarla-
de tu frente manaba.
Agua pura, cristalina, limpia
del manantial.
La sed me quitaba
de oírla brotar.
En tu frente un espejo
y adentro, manar de fuentes incesante,
que sacian mi sed de ti.
Reflejo de plata,
a tu espejo me asomé.

Que no!, que
no la quiero pisar.
No quiero pisar la hierba.
Aunque no tiene dueño
me oye, escucha y me siente.
Suya es la aurora y el atardecer.
Y en su recorrido,
miles de veinticuatro horas
se suceden cada minuto.
Que no le pongan cercas
ni muros ni estacas, que
no tienen amo las fronteras.
Déjame acariciarla,
deja que me acaricie, que
no quiero pisar la yerba.